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Tomas Torres
Domingo, 19 de Enero de 2020
Mi vida como erizo

¿Y ese de qué se ríe?

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Una mujer sabia me dijo una vez que la risa abunda en la boca de los tontos. Quizá es una afirmación demasiado absoluta sobre el hábitat natural de la risa, desde la carcajada a la risita cómplice, porque  las pruebas indican que más que en la de los tontos, vive en la de los listos. Pero la afirmación dice bastante también sobre lo que se puede esperar de los que nos tomamos la vida y sus caóticas circunstancias con sentido del humor, a modo de cubierta profiláctica para impedir que la realidad cotidiana nos acabe por agriar el carácter. Reír por no llorar.

 

Sin embargo, la risa tiene un inquietante componente siniestro cuando la encontramos en un lugar inapropiado, en esos que te hace pensar que ahí eso no está del todo bien. Y no hablo de un momento tenso, incómodo, fúnebre o impertinente. Me refiero a la sonrisa esculpida a cincel en caras duras como el cemento armado, en los labios de sujetos y sujetas que no deberían estar riéndose, al menos en determinados momentos y circunstancias. Esos momentos y circunstancias en los que, al ver una sonrisa te hace pensar ¿y ese de que puñetas se ríe?

 

Últimamente la risa, más bien la sonrisita condescendiente, me ha empezado a dar bastante miedo. En México lo llaman ñáñaras, los modernos de este lado del charco yuyu, pero el caso es que da canguelo ver a más de uno y de una con una sonrisa que no le cabe en la cara sin venir a cuento. Principalmente la clase política – si, amigos y amigas, los políticos se han convertido en una clase social, llena de privilegios, y no han avisado ni al Tato- que se ha investido con la sonrisa como parte del uniforme de trabajo, como máscara de teatro griego, apropiándose sin vergüenza ni reparo de la de la comedia, para reservarnos a nosotros, al vulgo, a la plebe, la de la tragedia.

 

No sé cómo ha sido que los políticos y las políticas –que no es cuestión de discriminar, ya lo hacen ellos y ellas- han conseguido que la amable sonrisa, ese gesto simpático e inofensivo, me haya acabado dando tantísimo miedo. Sobre todo esa del estilo Pantoja, de dientes dientes que es lo que les jode, que se ha convertido en el punto primero de los manuales de comunicación de todos los partidos.

 

Gente, por decir algo suave, que debería buscarse un trabajo honrado en lugar de querer vivir del cuento haciendo de la política un medio de vida –mamandurria le llaman los que de eso han vivido desde sus inicios- y no una vocación de servicio a la sociedad, como debería ser.

 

Esa tropa, cada vez mayor y más variopinta, que tiene la demagogia, la mentira y el cinismo como ideario político, sin que importe si son diestra o zurda, ni sus respectivos extremos, pasando por todo tipo de pelajes identitarios, desde los periféricos hasta los de una, grande y libre. Nos quieren matar con una sonrisa en los labios y que, encima, les riamos las gracietas. Escucharles decir las más absolutas barbaridades, incluyendo a sus voceros en los medios de comunicación que también han hecho de la sonrisa su escudo y espada, me sobrecoge más que la risa histérica del Joker o la risa de carraca de un villano de opereta.

 

No tienen motivos para reírse, pero lo hacen porque se ríen de nosotros, de que los votemos como borregos y alimentemos sus delirios de grandeza con capazos de votos sin pensar, que ellos van a usar para justificar sus posturas a favor o en contra, muchas veces incluso de sus propios votantes, solo por estar en el machito, pensando que el voto es un regalo y no un préstamo.

 

Algo va mal cuando se ríen los del gobierno y los de la oposición, los que han perdido y los que han ganado, los que están a punto de desaparecer y los que no saben donde irán mañana. Les hemos dado la carta de Queda libre de la cárcel y cobran cada vez que pasan por la casilla de salida, como en el Monopoly, por eso se ríen, por mal que vengan dadas.

 

Pero lo más inquietante de todo es que esto es España, y ya sabemos por el chiste lo que pasa cuando un español se ríe en una situación de crisis. Se ríe porque ya sabe a quien le va a echar la culpa. Y nos la van a echar a nosotros, ya lo verán.

 

 

 

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Cuentos del México que imaginé contiene dos historias que hablan desde el realismo mágico de las problemáticas que enfrenta el México del siglo XXI, narcotráfico, violencia, suicidios, desde el punto de vista de la gente más humilde y que habitualmente resulta más afectada, sin que ello les haga perder sus formas de vida, creencias, ritos y por encima de todo, la esperanza. Al mismo tiempo es una aproximación a la manera de entender la vida a través de la muerte, de como el mexicano convive con ella y la enfrenta a diario.

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