Mi vida como erizo
El último selfie antes del Armagedon
Queridas y queridos, se cayó Facebook, Instagram y Twitter y nos asomamos durante dos horas a un futuro distópico que ríete tu de Mad Max o Los Juegos del Hambre. Un par de horitas sin poder meternos un chute de vidas falsas, insultos, odio, falsedades y fotos trucadas con Photoshop y tiemblan los cimientos de la civilización occidental.
Pensadlo un momentito, solo por diversión, es una probadita de lo que podría ser el fin del mundo, pero sin disparar un solo misil. No habrá una lluvia de fuego apocalíptica, no quedaremos atrapados en una rotonda infinita en el extrarradio pegando vueltas hasta que creemos un agujero negro que termine con el mundo. El fin no tendrá gloria alguna, estará vacío de sentido y de épica. Será un adolescente resentido con la cara llena de granos y un subidón de bebidas energéticas que se meta donde no deba buscando porno, o peor, un idiota que corte el cable que no es y, ¡zasca! Apocalipsis zombi que te crió.
Porque no se puede razonar con un adicto a internet, que hoy día “semos” unos cuantos, sería más viable razonar con un chimpancé pasado de cocaína con una navaja en cada mano. Yo al menos lo preferiría.
Ahora te ríes, hasta habrás compartido memes y comentarios graciosos. ¡Si, ahora que ya va otra vez el Face!, pero cuando no podías entrar bien que le habías pegado una patada a la evolución de 150 mil años atrás que de Homo Sapiens solo te quedaban los pulgares opuestos.
Durante esas dos horas fatídicas más de una y más de dos llamadas a emergencias habrán empezado diciendo “Mire usted, es que mi hijo el soltero estaba tan tranquilo con su ordenador y que se le ha caído el feis y que ahora está gritando desnudo colgando de la antena…”.
Habría que veros por un agujerito, a esas madres entregadas y protectoras estrangulando a sus hijas culpándolas de haber estropeado el ordenador, o las que han rapado al cero a sus vástagos por sospechar que eran culpables de que el internet no funcionara.
Normalmente echamos mano de Los Simpson para ver el futuro, o al menos lo que ellos adelantaron en su día que iba a suceder, pero yo soy más clásico y cuando pienso en esas cosas recurro a Francisco de Goya, del que dicen que retrató a los españoles como la madre que nos parió, pero creo que es extensible al universo conocido. Me refiero a la pintura de Saturno devorando a sus hijos, que igual todo este tiempo no habéis caído en la cuenta, pero seguro que se lo come porque pensaba que le averió el wifi.
Muchas risas nerviosas se le escapan ahora a los que esas dos horas frenéticas, que se os hicieron más largas que una meada en una moto, más de uno y más de dos ateos convencidos se hincaron de rodillas entre sollozos para rezar a quien les quisiera escuchar pidiendo que volviera a funcionar Instagram, que las fotos se acumulan y eso no hay quien lo soporte. Cuántas vidas rotas y cuantas carreras de influencer truncadas por dos horitas de desconexión de la irrealidad virtual. La cara que se les quedaría a los que pagaron una pasta para promocionar sus publicaciones o los trolls con mala conciencia que pensaron que había llegado el día en que los habían expulsado del Facebook porque cruzaron la raya definitivamente en el acoso a todo lo que se mueve y opina en internet. Más de uno y más de dos les pilló la reconexión con una pierna fuera del balcón.
Estoy más que convencido de que asumiríamos mejor un final del mundo y la civilización en plan apocalíptico, con fuego bajando de los cielos, terremotos, el diluvio universal o Trump y Putin jugando a ver quién es más macho con el botón nuclear llenando el horizonte de hongos nucleares, porque podríamos hacernos un último selfie para el Instagram haciendo morritos ante el Armagedón.
Si internet nos dejase, pero para siempre ¿cómo superaríamos las cinco fases del duelo?, está claro que la primera, negación, la pasamos a huevo, es cuando todo se queda congelado en la pantalla y empezamos a murmurar “nononononononono”, luego la ira, que es cuando empezamos a apretar botones como un mandril loco y a cagarnos en nuestro proveedor de internet, para pasar a la negociación, “déjame que eche un ojo a las actualizaciones, solo eso”, y después la depresión, que nos convierte en un montón de carne sollozante envuelto en mantas y ropa que nos va grande, con una higiene personal que se deteriora en tan solo veinte minutos. Si no, ¿Qué creéis que le pasó a Julian Assange el otro día para salir tan jodido en las fotos?, ¡que le cortaron internet justo antes de que entrase la policía a sacarlo a rastras!
Pero de aceptarlo ni madres, antes nos vamos a vivir a un Starbucks.
Pensadlo un momentito, solo por diversión, es una probadita de lo que podría ser el fin del mundo, pero sin disparar un solo misil. No habrá una lluvia de fuego apocalíptica, no quedaremos atrapados en una rotonda infinita en el extrarradio pegando vueltas hasta que creemos un agujero negro que termine con el mundo. El fin no tendrá gloria alguna, estará vacío de sentido y de épica. Será un adolescente resentido con la cara llena de granos y un subidón de bebidas energéticas que se meta donde no deba buscando porno, o peor, un idiota que corte el cable que no es y, ¡zasca! Apocalipsis zombi que te crió.
Porque no se puede razonar con un adicto a internet, que hoy día “semos” unos cuantos, sería más viable razonar con un chimpancé pasado de cocaína con una navaja en cada mano. Yo al menos lo preferiría.
Ahora te ríes, hasta habrás compartido memes y comentarios graciosos. ¡Si, ahora que ya va otra vez el Face!, pero cuando no podías entrar bien que le habías pegado una patada a la evolución de 150 mil años atrás que de Homo Sapiens solo te quedaban los pulgares opuestos.
Durante esas dos horas fatídicas más de una y más de dos llamadas a emergencias habrán empezado diciendo “Mire usted, es que mi hijo el soltero estaba tan tranquilo con su ordenador y que se le ha caído el feis y que ahora está gritando desnudo colgando de la antena…”.
Habría que veros por un agujerito, a esas madres entregadas y protectoras estrangulando a sus hijas culpándolas de haber estropeado el ordenador, o las que han rapado al cero a sus vástagos por sospechar que eran culpables de que el internet no funcionara.
Normalmente echamos mano de Los Simpson para ver el futuro, o al menos lo que ellos adelantaron en su día que iba a suceder, pero yo soy más clásico y cuando pienso en esas cosas recurro a Francisco de Goya, del que dicen que retrató a los españoles como la madre que nos parió, pero creo que es extensible al universo conocido. Me refiero a la pintura de Saturno devorando a sus hijos, que igual todo este tiempo no habéis caído en la cuenta, pero seguro que se lo come porque pensaba que le averió el wifi.
Muchas risas nerviosas se le escapan ahora a los que esas dos horas frenéticas, que se os hicieron más largas que una meada en una moto, más de uno y más de dos ateos convencidos se hincaron de rodillas entre sollozos para rezar a quien les quisiera escuchar pidiendo que volviera a funcionar Instagram, que las fotos se acumulan y eso no hay quien lo soporte. Cuántas vidas rotas y cuantas carreras de influencer truncadas por dos horitas de desconexión de la irrealidad virtual. La cara que se les quedaría a los que pagaron una pasta para promocionar sus publicaciones o los trolls con mala conciencia que pensaron que había llegado el día en que los habían expulsado del Facebook porque cruzaron la raya definitivamente en el acoso a todo lo que se mueve y opina en internet. Más de uno y más de dos les pilló la reconexión con una pierna fuera del balcón.
Estoy más que convencido de que asumiríamos mejor un final del mundo y la civilización en plan apocalíptico, con fuego bajando de los cielos, terremotos, el diluvio universal o Trump y Putin jugando a ver quién es más macho con el botón nuclear llenando el horizonte de hongos nucleares, porque podríamos hacernos un último selfie para el Instagram haciendo morritos ante el Armagedón.
Si internet nos dejase, pero para siempre ¿cómo superaríamos las cinco fases del duelo?, está claro que la primera, negación, la pasamos a huevo, es cuando todo se queda congelado en la pantalla y empezamos a murmurar “nononononononono”, luego la ira, que es cuando empezamos a apretar botones como un mandril loco y a cagarnos en nuestro proveedor de internet, para pasar a la negociación, “déjame que eche un ojo a las actualizaciones, solo eso”, y después la depresión, que nos convierte en un montón de carne sollozante envuelto en mantas y ropa que nos va grande, con una higiene personal que se deteriora en tan solo veinte minutos. Si no, ¿Qué creéis que le pasó a Julian Assange el otro día para salir tan jodido en las fotos?, ¡que le cortaron internet justo antes de que entrase la policía a sacarlo a rastras!
Pero de aceptarlo ni madres, antes nos vamos a vivir a un Starbucks.























