Jueves, 12 de Febrero de 2026

Actualizada Jueves, 12 de Febrero de 2026 a las 14:40:41 horas

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Jueves, 12 de Febrero de 2026

Pollo ecológico frente al convencional una elección ligada a salud

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La comparación entre pollo ecológico y el convencional gana espacio en la conversación sobre alimentación y salud. Cada vez más personas buscan conocer de dónde provienen los alimentos que consumen y bajo qué condiciones se producen. En ese contexto, la carne de pollo ocupa un lugar central en la dieta por su consumo extendido y por su aporte proteico. Las diferencias entre ambos sistemas de producción no solo impactan en el método de cría, sino también en la calidad del producto final que llega a la mesa.

Al momento de comprar pollo ecológico, el consumidor se encuentra con un producto que proviene de explotaciones reguladas por normativas específicas. Estas normas establecen criterios claros sobre la alimentación de las aves, el uso del espacio, el acceso al aire libre y la prohibición de determinados medicamentos. En el caso del convencional, la producción suele estar orientada a maximizar el rendimiento, con ciclos de crecimiento más rápidos y mayor densidad de animales por metro cuadrado.

Una de las diferencias más relevantes se encuentra en la alimentación de las aves. En la producción orgánica, los animales reciben piensos elaborados con ingredientes procedentes de agricultura responsable, sin organismos modificados genéticamente ni aditivos sintéticos. En los sistemas convencionales, en cambio, la alimentación puede incluir harinas tratadas y otros componentes permitidos por la normativa general, pero no necesariamente de origen sustentable.

Otro punto clave es el uso de antibióticos. En la cría, su utilización está estrictamente limitada y solo se permite cuando es imprescindible para tratar una enfermedad concreta. Esto reduce la presencia de residuos farmacológicos en la carne y contribuye a disminuir el riesgo de resistencia antimicrobiana, un problema reconocido por la Organización Mundial de la Salud. Datos de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria indican que la ganadería ecológica presenta niveles significativamente más bajos de uso de antibióticos en comparación con la producción intensiva.

Desde el punto de vista nutricional, diversos estudios señalan que las aves orgánicas pueden presentar un perfil graso diferente, con una proporción mayor de ácidos grasos beneficiosos. Esto se relaciona con el tipo de alimentación y con el mayor tiempo de crecimiento de las aves. “Además, al no utilizarse promotores de crecimiento, el desarrollo del animal se da de forma más lenta y natural, lo que influye en la composición del músculo”, afirman desde el criadero Kirikiki Camperos.

El bienestar animal es otro aspecto que marca la diferencia. Las aves criadas en sistemas responsables disponen de más espacio y acceso al exterior, lo que permite comportamientos naturales como escarbar o moverse libremente. Este entorno menos estresante tiene efectos directos en la salud del animal y, de forma indirecta, en la calidad del producto. En los sistemas convencionales, la alta densidad puede generar mayor estrés y necesidad de controles sanitarios más intensivos.

El interés por este tipo de alimentos va en aumento. Según datos de Eurostat, el consumo de este tipo de productos en la Unión Europea ha crecido de manera sostenida en la última década, con un incremento superior al 50 por ciento en el gasto medio por hogar. Dentro de este mercado, las carnes orgánicas, muestran una demanda creciente, impulsada por consumidores que priorizan la salud y la trazabilidad.

Para las personas, el consumo se asocia a una dieta con menor exposición a residuos químicos y a una mayor confianza en el origen del alimento. Si bien no se trata de un producto milagroso, su incorporación responde a una elección informada que considera el impacto del sistema productivo en la salud individual y colectiva. También influye en una mayor conciencia sobre cómo se producen los alimentos y qué consecuencias tiene ese proceso.

La elección entre pollo ecológico y convencional refleja un cambio gradual en los hábitos de consumo. Apostar por alimentos producidos bajo estándares más estrictos no sólo responde a una preocupación personal, sino también a una mirada más amplia sobre la relación entre producción, salud y sostenibilidad. En ese equilibrio, el acceso a información clara permite tomar decisiones que acompañan un estilo de vida más atento a la calidad de lo que se consume.

 

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