Opinión
Las responsabilidades de Alberto Fabra
![[Img #15202]](upload/img/periodico/img_15202.jpg)
Hacer
enfadar a la Justicia tiene consecuencias muy negativas para aquellos que se
creen por encima de todo. Sin embargo, cuando estas consecuencias afectan al
interés general ya es necesario pedir responsabilidades políticas de
envergadura.
En la
capital de la Plana los diferentes alcaldes y concejales de urbanismo de los
últimos años se han posicionado, conscientemente y de forma reiterada, por
encima de todos los juzgados y tribunales. Y una vez tras otra se han estado
carcajeando en silencio de los diferentes autos y sentencias que repetían una y
otra vez que el PGOU de 1998 era radicalmente nulo.
En 2009,
hace tres años, el Tribunal Supremo, es decir la más alta magistratura de
nuestro país declaró nulo el PGOU de Castellón, y unos pocos le pedimos al
Ayuntamiento de Castellón que iniciara un procedimiento de revisión del
planeamiento para ajustarlo a las nuevas circunstancias que diez años después
de su aprobación era evidente que necesitaban de un cambio importante.
Les dijimos
que era necesario ajustar el caduco plan a la normativa estatal y autonómica en
materia de urbanismo. Que era necesario proponer a los castellonenses una
ciudad para el Siglo XXI y abandonar una ciudad
construida a base de pegotes de intereses económicos de amigos y
conocidos. Que entre todos, los partidos políticos, los agentes sociales y la
ciudadanía en general, podíamos acometer el trabajo de elaborar un instrumento
en el que nos encontráramos todos a
gusto, fácil de gestionar y económicamente sostenible.
Sin embargo,
el hoy President de la Generalitat y entonces Alcalde de Castellón y
anteriormente concejal responsable de urbanismo, optó por enfrentarse a la
Justicia. Sometió a información pública
en 2009, con el beneplácito, complicidad y
connivencia de la Generalitat Valenciana, el mismo documento que en 1998
ya había expuesto al público. Como si el tiempo no hubiese pasado. Como si
durante una década no hubiésemos cambiado todos, la ciudad, sus habitantes, las
circunstancias económicas, el ciclo económico en sí.
Hoy, tres años perdidos después, el Tribunal
Supremo se siente engañado y al TSJ de la Comunidad Valenciana le ha entrado la vergüenza torera. Y ambos le han dicho, por activa y
por pasiva, que no caben más engaños a la ciudadanía y a la Justicia. Que hay
que redactar un PGOU nuevo, adecuado a las circunstancias físicas, jurídicas y
legales de la segunda década del Siglo XXI. Ya no vale disfrazar al plan de
1998 con tapas nuevas y someterlo a información pública otra vez. Y van tres.
A los
representantes de los promotores que, tan amargamente se quejaban de que el
último Auto del TSJ nos dejaba sin planeamiento, quisiera tranquilizarlos,
Todavía nos queda el extraño Régimen Transitorio que se ha sacado de la manga
la Generalitat dirigida por Alberto Fabra. Y mientras no lo impugne ningún
afectado por alguna licencia mal dada pueden estar tranquilos por cuatro años.
El problema
es más grave. Si empezamos ahora la
tramitación de un nuevo PGOU, con su proceso de participación pública, su
Documento de Referencia previo de la
Generalitat Valenciana, y su justificación
de viabilidad económica, y su proceso de redacción, tenemos entre un
lustro y una década por delante. Y no exagero. Créanme.
Y ya no
caben trampas. No pueden engañar más a la Justicia. Por cierto, el artículo 118 de la Constitución
española establece, entre otras cosas, que es obligado cumplir las sentencias y
demás resoluciones firmes de los jueces y tribunales, y el artículo 18.2 de la
LOPJ dispone que las sentencias deben ejecutarse “en sus propios términos”. Y
nuestros dirigentes de Castellón no lo han hecho. Lo dice el TSJ.
Hay que
recordar, pues, el artículo 404 de nuestro código Penal, para el cual la
autoridad o funcionario público que, a sabiendas de su injusticia, dictare una
resolución arbitraria en un asunto administrativo se le castigará con la pena
de inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de siete a
diez años. Y en el Ayuntamiento de
Castellón se tiene toda la pinta
de que se han dictado muchas resoluciones arbitrarias, a sabiendas.
Los hay que
están pidiendo ahora la dimisión de Miguel
Angel Mulet, actual concejal de urbanismo. Otros, más atrevidos piden la
del Alcalde actual, Alfonso Bataller.
Todo ello sin darse cuenta que el autentico responsable de todo este
desatino y del daño tan profundo que le
están causando a la ciudad es Alberto
Fabra. Y es él el primer y último responsable político de esta situación y,
por lo tanto, el que debe dimitir inmediatamente.
![[Img #15202]](upload/img/periodico/img_15202.jpg)
Hacer enfadar a la Justicia tiene consecuencias muy negativas para aquellos que se creen por encima de todo. Sin embargo, cuando estas consecuencias afectan al interés general ya es necesario pedir responsabilidades políticas de envergadura.
En la capital de la Plana los diferentes alcaldes y concejales de urbanismo de los últimos años se han posicionado, conscientemente y de forma reiterada, por encima de todos los juzgados y tribunales. Y una vez tras otra se han estado carcajeando en silencio de los diferentes autos y sentencias que repetían una y otra vez que el PGOU de 1998 era radicalmente nulo.
En 2009, hace tres años, el Tribunal Supremo, es decir la más alta magistratura de nuestro país declaró nulo el PGOU de Castellón, y unos pocos le pedimos al Ayuntamiento de Castellón que iniciara un procedimiento de revisión del planeamiento para ajustarlo a las nuevas circunstancias que diez años después de su aprobación era evidente que necesitaban de un cambio importante.
Les dijimos que era necesario ajustar el caduco plan a la normativa estatal y autonómica en materia de urbanismo. Que era necesario proponer a los castellonenses una ciudad para el Siglo XXI y abandonar una ciudad construida a base de pegotes de intereses económicos de amigos y conocidos. Que entre todos, los partidos políticos, los agentes sociales y la ciudadanía en general, podíamos acometer el trabajo de elaborar un instrumento en el que nos encontráramos todos a gusto, fácil de gestionar y económicamente sostenible.
Sin embargo, el hoy President de la Generalitat y entonces Alcalde de Castellón y anteriormente concejal responsable de urbanismo, optó por enfrentarse a la Justicia. Sometió a información pública en 2009, con el beneplácito, complicidad y connivencia de la Generalitat Valenciana, el mismo documento que en 1998 ya había expuesto al público. Como si el tiempo no hubiese pasado. Como si durante una década no hubiésemos cambiado todos, la ciudad, sus habitantes, las circunstancias económicas, el ciclo económico en sí.
Hoy, tres años perdidos después, el Tribunal Supremo se siente engañado y al TSJ de la Comunidad Valenciana le ha entrado la vergüenza torera. Y ambos le han dicho, por activa y por pasiva, que no caben más engaños a la ciudadanía y a la Justicia. Que hay que redactar un PGOU nuevo, adecuado a las circunstancias físicas, jurídicas y legales de la segunda década del Siglo XXI. Ya no vale disfrazar al plan de 1998 con tapas nuevas y someterlo a información pública otra vez. Y van tres.
A los representantes de los promotores que, tan amargamente se quejaban de que el último Auto del TSJ nos dejaba sin planeamiento, quisiera tranquilizarlos, Todavía nos queda el extraño Régimen Transitorio que se ha sacado de la manga la Generalitat dirigida por Alberto Fabra. Y mientras no lo impugne ningún afectado por alguna licencia mal dada pueden estar tranquilos por cuatro años.
El problema es más grave. Si empezamos ahora la tramitación de un nuevo PGOU, con su proceso de participación pública, su Documento de Referencia previo de la Generalitat Valenciana, y su justificación de viabilidad económica, y su proceso de redacción, tenemos entre un lustro y una década por delante. Y no exagero. Créanme.
Y ya no caben trampas. No pueden engañar más a la Justicia. Por cierto, el artículo 118 de la Constitución española establece, entre otras cosas, que es obligado cumplir las sentencias y demás resoluciones firmes de los jueces y tribunales, y el artículo 18.2 de la LOPJ dispone que las sentencias deben ejecutarse “en sus propios términos”. Y nuestros dirigentes de Castellón no lo han hecho. Lo dice el TSJ.
Hay que
recordar, pues, el artículo 404 de nuestro código Penal, para el cual la
autoridad o funcionario público que, a sabiendas de su injusticia, dictare una
resolución arbitraria en un asunto administrativo se le castigará con la pena
de inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de siete a
diez años. Y en el Ayuntamiento de
Castellón se tiene toda la pinta
de que se han dictado muchas resoluciones arbitrarias, a sabiendas.
Los hay que están pidiendo ahora la dimisión de Miguel Angel Mulet, actual concejal de urbanismo. Otros, más atrevidos piden la del Alcalde actual, Alfonso Bataller. Todo ello sin darse cuenta que el autentico responsable de todo este desatino y del daño tan profundo que le están causando a la ciudad es Alberto Fabra. Y es él el primer y último responsable político de esta situación y, por lo tanto, el que debe dimitir inmediatamente.


















