Tomas Torres
Domingo, 17 de septiembre de 2017 | Leída 20 veces
Opinión

Bibliotecas interiores

[Img #59246]La frágil levedad de nuestra esencia humana, nos hace intolerable el dolor de la partida. Sea el final de un mágico verano, o el asalto último de una batalla perdida, el insoportable adiós a una presencia cálida, el postrero aliento con el que se va una vida.

 

El alma del hombre es un compendio de lecturas, las que ha leído, las que lo han acompañado, las que nunca llegará a leer, los poemas escuchados en los labios babeantes y temblorosos de un alucinado borracho a medianoche, los que ha susurrado impaciente en el delicado cuello de un amor incompleto.

 

Esa biblioteca personal no es un lugar, al menos no un espacio físico, es una pátina que hace brillar nuestros actos, o una densa bruma que ensombrece nuestra mísera condición de meros mortales, de un modo u otro, en definitiva, una piedra labrada que siembra nuestros destinos.

 

Miles de hombres de noble corazón lamentan sus infortunios en tumbas frías como el espacio infinito. Es el sino de los tiempos, la marca de Caín, el paraíso perdido, el árbol del conocimiento fatuo.

 

En una sucia taberna en las catacumbas de una ciudad donde el pecado se expía con dinero robado a los pobres, Edgar Allan Poe vende su voto por una copa de ginebra barata, escuchando a Robert E. Howard hablarle sobre su madre y las voces que inundan su mente en una lengua que era vieja antes de que la Atlántida se hundiera bajo las aguas de su destino ignoto. Poe sueña un futuro imperfecto que detiene a la misma muerte con el mesmerismo, la misma ciencia oscura que con el fantasma del invierno nuclear de la guerra fría y el fin del hombre haría que Philip K. Dick reescribiera el futuro para que el espíritu de O’Bannon y Moebius se hiciera imagen viva travestida de cazador de replicantes en una distopía apocalíptica y más humana que la realidad misma.

 

Ese mesmerismo que representa la mente única, el sueño compartido, la utopía del poderoso líder, del loto negro al opio de oriente o la heroína en un callejón sin nombre, un padrenuestro antes de saltar al vacío, fascismo imaginado por Orwell en el que Sepultura toca Mass Hipnosis de fondo en la televisión alienante de pensamiento único. 

 

Howard pierde el interés por contarle a Poe sus inquinas y delirios, porque este anda con pensamientos negros como el ala de un cuervo sobre su sobrina, de todos modos morirá pronto y él no se puede quitar de la cabeza el talento oscuro envidiado a Lovecraft y sus sueños de horrores cósmicos consumidos durante eones por el miedo.

 

Es miedo y no otra cosa los que desata la risa chirriada preñada de locura en los labios de un Mozart agonizante que garabatea en un pentagrama diabólico con una pluma bañada en su propia sangre notas inconexas consciente de su fin cercano. Réquiem Lacrimosa Dies Illa.

 

Eso lo lleva un hombre dentro, en una biblioteca que ardió hace demasiado tiempo, como Alejandría o Constantinopla, pero sobre cuyas cenizas se sostienen mil naufragios y cien guerras perdidas. Es la vida muchacho, haz lo que puedas con ella antes de que Morta cierre sus tijeras y te mate sin haber escrito lo que tu alma grita.

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