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Jueves, 1 de febrero de 2018
Otra mirada

Los apasionantes cien años de vida de Julio Rambla Persiva

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Sus ojos curiosos e inquietos vieron la primera luz cuando aún no se apagaban los ecos de la Primera Guerra Mundial que devastó Europa, un 10 de enero de 1918. Cien años después, Julio Rambla Persiva contempla con esos mismos ojos, que no han perdido ni un ápice de su brillo, el camino recorrido desde que el siglo XX era joven hasta los albores de este siglo XXI que vivimos. Militar, albañil, ingeniero autodidacta e inventor, conductor de camiones, vendedor de pescado, ciclista, futbolista, la lista de oficios desempeñados por este longevo vecino de Torreblanca es tan inagotable como su ánimo y su actitud positiva frente a todas las pruebas que ha tenido que afrontar durante sus cien años de intensa vida, desde luchar en la Guerra Civil hasta tener que decir adiós a sus seres queridos.

 

El suyo es un ejemplo de vida plena, enfrentando la adversidad con una sonrisa y un nuevo proyecto, un constructor de sí mismo, amigo de todos, dispuesto a hacer un favor a aquel que lo necesitara, Julio Rambla a vivido su vida creando cada momento con sus propias manos, igual que ha construido aquello que su mente imaginaba, mirando a cada día a la cara y saludando todos y cada uno de sus amaneceres como una oportunidad única para sentirse vivo.

 

[Img #63289]Julio Rambla Persiva nos recibe en su casa del carrer l’Aljub de Torreblanca con una amplia sonrisa y una vivacidad a prueba de los años. Aunque su oído no es el de antaño, eso no es obstáculo para que nos pueda contar en primera persona toda su vida, sucesos que recuerda como si hubieran pasado ayer. Bromea con el hecho de que ahora su edad tenga tres cifras y no considera su edad como un obstáculo para nada. De hecho, hasta hace tan solo siete meses todavía montaba en bicicleta y todavía en la actualidad sale a tomar un café por su propio pie, “solo tengo que tener cuidado al cruzar la calle, porque no tengo la vista como antes”, explica. Sus hijas aseguran que nunca ha estado enfermo de gravedad desde que sobrevivió al tifus con 9 años, enfermedad que le hizo perder los dientes, “pero en contra de lo que decían los médicos, le volvieron a salir”. Julio bebe poco agua, porque prefiere apagar la sed con una Fanta, y no hace ningún tipo de dieta.

 

Hijo del tratante de ganado Celestino Rambla Borrás, y de Elvira Persiva Segarra, nació el 10 de enero de 1918, en plena pandemia de la conocida como gripe española. Aunque se ha considerado siempre “torreblanqui de soca”, por azares de la vida nació en Vilanova d’Alcolea, hasta donde se había trasladado la familia por el trabajo de su padre, que compraba y vendía ovejas. Sin embargo, pocos meses después de su nacimiento, el matrimonio regresó a Torreblanca, de donde era originaria su madre, y allí creció el pequeño Julio, asistiendo a la escuela hasta los 12 años. El primer ejemplo de su prodigiosa memoria nos lo da al recordar el nombre de su maestro “el maestro era Don Francisco, pero como era muy alto, todos le llamábamos de ‘mal nom’ El Plátano”, dice entre risas.

 

La vida pondría a prueba el carácter de Julio muy pronto, al quedar huérfano de padre a los 9 años de edad, habiendo perdido también una hermana a muy corta edad, Elvira. Por ese motivo empezó a trabajar muy joven, como era habitual en la época, un primer empleo que sería determinante en su futuro. Comenzó a trabajar como albañil en la empresa de Don Benito Bayarri, un personaje local que llegaría a tener una gran importancia en Torreblanca, llegando a ser alcalde. Sobre él Julio solo tiene buenas palabras y agradecimiento “me quería como un hijo y yo siempre lo consideré un padre para mí”, explica.

 

[Img #63288]Al llegar a la mayoría de edad, a instancias de un tío que era asistente del comandante de la provincia, se alistó con 18 años en el Cuerpo de Carabineros, al que ingresó el 14 de noviembre de 1935, otra fecha que recuerda con claridad, como también recuerda que tan solo un año después estallaría la Guerra Civil Española.

 

A pesar de que Julio creía que su destino como Carabinero estaría en algún cuartel de la zona junto al mar, no pudo ser mayor su sorpresa cuando se le informó que se le había asignado a la Aduana y la sede del Ministerio de Hacienda en Madrid.

 

La Guerra Civil, por tanto, lo sorprendió en la capital de España, siendo destinado inicialmente a la 5ª Brigada Mixta, formada por diferentes cuerpos como la Guardia Civil o los Carabineros, una fuerza de choque que fue destinada a combatir en el Frente del Jarama. Allí vivió los horrores de la guerra en carne propia, “en el Frente del Jarama vi lo criminal de la guerra, una guerra que nunca tenía que haber pasado”. En ese frente vio morir a muchos compañeros, entre ellos algunos vecinos de Torreblanca con los que coincidió en combate. Julio tenía un cuidado especial en que sus paisanos caídos no quedaran abandonados en las trincheras o enterrados en los campos, por lo que se encargaba de que se les diera sepultura en un cementerio cercano, en Arganda, “a uno de Torreblanca, el Tío Randero y yo lo llevamos al cementerio de Arganda, que era donde enterrábamos a los muertos del bando republicano, y como los ponían en una fosa común, para que el día de mañana su familia pudiera reconocer los restos, escribí su nombre y su pueblo en un papel, lo metí en una botellita de cristal y se lo puse en el bolsillo de la guerrera”.

 

[Img #63290]El Frente del Jarama fue uno de los más sangrientos de la contienda, donde el bando republicano consiguió detener el avance sobre Madrid de los sublevados a un alto precio, “no nos rendimos en ningún momento, seguimos en nuestro puesto aunque nos bombardeaban hasta en la retaguardia del frente”. Julio recuerda que lo asignaron a la protección de un campo de aviación en Alcalà de Henares, desde el que operaban los aviones soviéticos Polikarpov I-15, conocidos como Los Chatos, siendo testigo de cómo muchos aviones eran abatidos por el enemigo, “cuando el piloto se lanzaba en paracaídas, aún les disparaban para matarlos”.

 

De nuevo vuelve Julio a sorprender con su gran memoria, recitando la letra de una canción de las que entonaban en el Frente del Jarama sin perder una sílaba.

 

Después de la Batalla del Jarama, fue incorporado a la 15 Brigada de Carabineros, donde llegó al grado de sargento y en la que se encontraba cuando la guerra llegó a su fin. Los mandos republicanos, llegado el momento de la claudicación, les plantearon a las tropas que se entregaran, pero el carácter indomable de Julio le hizo decidir que no lo haría, ya que su intención era reunirse con su madre, que se encontraba refugiada en casa de unos familiares en Valencia. Hacia allí salió en uno de los caminos que salieron desde Vallecas, aunque al principio no lo quisieron subir porque estaba muy lleno, pero de todos modos Julio saltó y se colgó de la caja del camión en cuanto este se puso en marcha, por lo que el resto de ocupantes se resignaron a viajar apretados y le ayudaron a entrar en el vehículo. Una vez en Valencia junto a su madre, el nuevo gobierno instaba a los combatientes republicanos a entregarse en la Plaza de Toros de Valencia, donde había un campo de concentración, negándose de nuevo a rendirse lejos de su pueblo, de modo que por medio del cuñado de un amigo, que era oficial del ejército nacional, obtuvo un salvoconducto que lo llevó sano y salvo hasta Torreblanca.

 

No obstante, la llegada a su pueblo no fue lo buena que había esperado, ya que desde que se bajó del coche de línea que lo había traído desde Castellón, fue señalado y abucheado por pertenecer al bando republicano. A la vista de la hostilidad con la que fue recibido, se fue corriendo hacia la casa de sus abuelos maternos, que vivían frente al cuartel de la Guardia Civil, y justo cuando se disponía a entrar fue detenido y llevado a la prisión del pueblo, que se encontraba en el lugar que ocupa la antigua biblioteca, en la conocida como Placeta de la Presó. Allí permanecería por espacio de nueve días y ese trance de su vida marcaría también dos de los hechos más importantes de su vida.

 

[Img #63292]Durante aquel tiempo, Julio veía como diariamente las muchachas del Auxilio Social de la Falange visitaban a los presos que no eran de Torreblanca y les traían comida. Un día le preguntó a una de esas jóvenes, “¿Por qué le traen comida a esos hombres y a nosotros no?”, y ella le contestó “Porque ellos no tienen familia en el pueblo, y se morirían de hambre. A ustedes les trae comida su familia”. El peculiar encuentro fue tan breve como determinante para su futuro, aquella joven era Teresa Salvador Fabregat, la que años después se convertiría en su esposa.

 

De la cárcel pasó a un almacén en la calle Galicia, porque la celda se encontraba saturada de prisioneros, y a los nueve días, Benito Bayarri, quien fuera su primer patrón, se encargó de que no lo trasladaran a Benicarló para juzgarlo, logrando que fuera puesto en libertad bajo su responsabilidad. Al día siguiente volvería a trabajar para él.

 

En esa empresa trabajó como albañil, encargándose de reconstruir los altares de la iglesia destruidos durante la guerra, así como las capillas del calvario, “llevé una muestra de los azulejos a Ribesalbes para que nos las hicieran igual, y después las coloqué”. Se le encargó reconstruir otro calvario, el de Vilanova d’Alcolea, localidad a la que se desplazaba todos los días en bicicleta para trabajar en aquel encargo. También fue encargado de reparar el reloj del campanario, que entonces estaba situado en la torre, por debajo de las campanas, y no sobre la fachada del templo como está en la actualidad. Para esta arriesgada operación, instalaron un andamio que fue descolgado desde el campanario hasta la altura del reloj. Para acceder al andamio colgante, Julio tenía que bajar por una cuerda con nudos. Él mismo enderezó la chapa del reloj, que se había doblado por el viento, la aseguró con clavos y pintó los números desgastados con un pincel, hasta dejarlo mejor que nuevo. Comenzaba a mostrar su habilidad para las reparaciones.

 

Como albañil también participó en la construcción del cine Metropol, convirtiéndose en el encargado para mediar en las desavenencias que existían entre todas las partes implicadas en el proyecto. Para poder construir el anfiteatro necesitaban una enorme viga de hierro, pero el metal escaseaba en aquel tiempo, por lo que terminó obteniendo el material de un barco que se estaba desguazando en el puerto de Burriana, “aún está ahí”, dice con orgullo, “cuando lo remodelaron los arquitectos vinieron a verme porque querían conocer al que había puesto aquella viga”.

 

En uno de los bailes que se celebraban cada domingo en Torreblanca en la pista que había en la calle Sitjar, en un antiguo almacén de naranja, Julio reconoció a la joven con la que habló cuando estaba en prisión. “Yo no era un buen bailador, siempre pisaba a las chicas y tropezaba. El día que la saqué a ella a bailar no tropecé, ella me sabía llevar muy bien, de ahí surgió la amistad y siempre la sacaba a bailar a ella. Y un día le pedí que fuéramos novios”. Así comenzaba una historia de amor que Julio aún atesora en su corazón.

 

En su juventud Julio Rambla también resultó ser un gran aficionado al deporte, destacando como ciclista y futbolista. En el ciclismo, junto a otros corredores de Torreblanca, siempre andaba de pueblo en pueblo con su bicicleta France Espagne participando en las carreras que se organizaban, una afición que terminó por amor “siempre llegaba tarde al baile, cuando terminaba las carreras y volvía al pueblo el baile casi se había acabado y mi novia me dijo ‘O la bicicleta o yo, elije’ y la elegí a ella”, dice con una sonrisa pícara. También fue un destacado futbolista, recibiendo el sobrenombre de “Marculeta”, por su parecido con el jugador de la Real Sociedad y Atlético de Madrid.

 

Atraído por su afición a la maquinaria, Julio Rambla se convirtió en camionero. Junto a un socio compró un camión de segunda mano, con el que transportaba leña para los hornos de cerámica en Onda. De ahí surgió el encargo de transportar esa cerámica por toda España, aunque le gustaba especialmente la ruta hacia Barcelona. Precisamente realizando esa ruta fue como le surgió la idea de su mayor y más relevante invento.

 

En un viaje a Barcelona, cuando circulaba por la salida de Vinarós, vio a un lado de la carretera a unos hombres recogiendo piedras con unos rastrillos. Eso le metió en la cabeza la idea de que habría maneras menos pesadas de hacer ese trabajo mediante una máquina, y tras realizar una serie de diseños, inventó la Rastilladora Rambla, una máquina para retirar piedras de los campos.

 

Sin embargo, le fue más difícil patentar su invento que diseñarlo. Julio explica como el hecho de no contar con un título de ingeniero le cerraba las puertas de la Oficina de Patentes, donde no querían ni escucharle. Finalmente, desesperado, recurrió a una de las fuerzas vivas de la localidad, el párroco Don Florián, que accedió a acompañarle hasta Barcelona para avalarle delante de los funcionarios, “así me escucharon y mi nombre consta como inventor”. Para desarrollar el proyecto convenció a dos socios, Emilio Bellés y José Luís Traver, para aportar el dinero necesario para construir la primera máquina en sus talleres. A lo largo de más de 25 años construyeron alrededor de 200 máquinas, “mi idea dio de comer durante ese tiempo a tres familias”. Sin embargo, al finalizar el plazo de la patente y no ser renovado, el diseño ahora puede ser utilizado por cualquier empresa, lo que ha convertido su idea en la precursora de los actuales limpiadores de playas, por poner un ejemplo. De su taller fue robado también un prototipo construido con el motor de una máquina de coser eléctrica de una moledora de piedras que se conectaba a una excavadora, que nunca fue recuperado.

 

[Img #63291]Su talento e imaginación para el diseño y construcción de todo tipo de maquinarias y objetos ha sido interminable durante toda su vida. Sin estudios de ingeniería fue capaz de construir una barca con flotadores laterales que la convertían en prácticamente insumergible, la cual cambió más tarde a un herrero local para que le construyera un depósito para la moto que creó a partir de un chasis hecho con las barras de una cabecera de cama, un vehículo que llegó a poder matricular; transformó una pistola de pistones en una escopeta, con la que iba a cazar al Prat. De su habilidad para reutilizar objetos para darles otro uso, Julio cuenta entre risas la anécdota de cuando hizo una trompeta a partir del pulverizador metálico de una fumigadora, “estuve tocando la trompeta y se conoce que le quedaban restos del producto, así que cuando llegué a mi casa mi madre me preguntó ¿Y esos labios qué? Los tenía tan hinchados que no me cabían en la boca”.

 

De su capacidad para crear sorprendentes máquinas surgió La Gilda, un camión de transporte construido a partir de un vehículo de pasajeros, en el que acostumbraba a transportar los instrumentos de la orquesta Relámpago Jazz por los pueblos de la provincia.

 

Cuando se casó con Teresa Salvador, Julio reconstruyó la casa de su suegra en la calle Aljub, que fue derrumbada durante la guerra en un bombardeo, convirtiéndola en su hogar familiar. Eran tiempos difíciles de la posguerra, en la que el racionamiento y la carestía de alimentos sometían a las familias a condiciones extremas. En ese tiempo difícil, el joven matrimonio recibió la ayuda de la madre de Julio, “el pan de entonces, como no había harina buena, era de harina de maíz y parecía que llevaba serrín. Mi madre se dedicaba al estraperlo, traía pan bueno de Alcalà, porque conocía a un panadero de allí, muchas veces venía andando campo a través para que no la viera la Guardia Civil, y le daba a mi mujer, que estaba embarazada, pan para que se alimentara bien”.

 

El matrimonio tuvo cuatro hijas, de las cuales sobreviven tres, Teresa, Julia y María Pilar, que les dieron 7 nietos y 10 bisnietos. El amor que Julio profesa por su esposa, que falleció con 71 años de edad, hace que la recuerde con gran afecto y ternura. Desde que ella falleció, Julio le llevó durante 25 años un ramo de flores al cementerio en su bicicleta cada sábado, hiciera frío o calor, lloviera o soplara el viento, fiel a la cita cada semana, igual que lo había sido durante toda su vida juntos, leal hasta después de la muerte.

 

La vida de Julio Rambla ha sido un constante desafío a sí mismo, afrontando nuevos retos en cada fase. En los años 70 formó parte del Ayuntamiento de Torreblanca como concejal de Obras y Protección Civil, “no cobrábamos un céntimo por ser concejales, al contrario, muchas veces nos tocaba poner de nuestro bolsillo si íbamos a algún sitio. En esa época se hicieron muchas cosas en el pueblo, se compraron los terrenos de la escuela, se hicieron los espigones de la playa, el campo de fútbol, el trinquet, el hogar del jubilado y se asfaltaron por primera vez los caminos. Yo compré el primer camión de bomberos para servicio de Torreblanca”.

 

Julio Rambla cumple cien años de vida, orgulloso de su militancia socialista de la cual tiene grandes recuerdos, como su amistad con Joan Lerma, los reconocimientos que el PSOE le ha concedido por su larga trayectoria y su compromiso con el pueblo de Torreblanca. En paz con su pasado, consciente de que ha exprimido hasta la última gota cada uno de los cien años vividos, rodeado de sus hijas, nietos y bisnietos, disfruta de una vida apacible como Capitán de la Guardia Civil retirado, grado militar que le fue concedido al instaurarse la democracia en España en reconocimiento a su servicio en el Cuerpo de Carabineros, mientras espera volver a ver a San Antonio pasar por su calle una vez más, aunque ya se hubiera despedido antes de él.

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