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M. J. Zapater
Sábado, 24 de febrero de 2018

Un colegio desconcertado ante la procesionaria

Cuando un colegio no se ocupa a su tiempo de mantener a raya a los gusanos del pino, viene la procesión de ruegos, preguntas y demandas. La procesionaria ya está aquí, allí y acullá. No prevenir supone que nuestros hijos campen en los recreos entre algodones bien peligrosos: los nidos de esta oruga tóxica, erizada de púas, son de efectos devastadores. Niños y adultos pueden sufrir desde urticaria, náuseas o síncopes hasta asfixia; para los animales domésticos son mortales, y el mismo árbol en que se gestan se ve minado por su ataque. Ni siquiera hace falta tocarlas, basta exponerse al aire libre donde eclosionan. Los casos de hospitalización no son aislados. ¡Así puede estar el patio! Pone los pelos de punta, ¿verdad?

 

En fila india, como escolares, lucen todas el mismo pelaje. Si un balonazo o un golpe de aire hace caer la bolsa en que anidan, la madeja está servida. Por qué se permite esta situación extrema, pese a las alertas anuales de veterinarios, de Sanidad y de la Guardia Civil, es incomprensible. La pelota terrible se la van pasando burocráticamente mientras algunos quedamos pendientes de la bolsa, preocupados, asustados. Que la alerta no caiga en saco roto supone una sarta de patadas, un peregrinaje que puede llevarnos al quinto pino de la inoperancia, a media manzana de la desidia general. En cualquier centro escolar público el Ayuntamiento pone remedio (igual que en un parque o jardín de la calle), pero no así en un centro privado: el caso del colegio privado nos deja como desconcertados. Pasan los días, siguen su curso los gusanos; las bolsas, lanosas, siguen ahí. ¿Qué hacer?; la situación se vuelve irritante.

 

¿Hasta que no está el mogollón encima no reacciona nadie? ¿Es más cómodo dejar que el mal bicho circule a mandar una circular a los padres, o acaso esto entra dentro de su «política ecológica»?

 

Las campañas informativas de las consejerías de Educación o Sanidad son bienvenidas; quizá deberían potenciarse en los colegios. La población debe estar al tanto, con pelos y señales, de lo que este insecto implica y de que combatirlo no es moco de pavo: requiere la intervención de personal especializado y adecuadamente equipado. Es inaudito que en un consultorio aún haya entre el personal sanitario quien pregunte: «¿ataque de procesionarias?, ¿y eso qué es?».

 

La procesionaria es un problema de salud pública y como tal debe gestionarse y tratarse. Corresponda a quien corresponda la responsabilidad, es inadmisible que estos bichos estén en un colegio. Es tremendo exponer a los menores a este riesgo. ¿Es que hay miedo? El miedo paraliza, sí. Pero sepan que también mueve el mundo. Que no paguen esto los niños. Un poco de educación, por favor.

 

 

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